martes, 1 de febrero de 2011

luz, merci.

Casualmente ayer me cegué, si si si como lo oís: me quedé mirando muy fijamente al resplandor de mi mesilla de noche, y a los "X" segundos, comprobé que, en efecto, no veía absolutamente nada, la oscuridad se había apoderado de mi dirigiera la cabeza arriba o abajo. Llegué a asustarme por un instante, hasta me levanté de la cama cuando vi que los colores no llegaban. Y fue ya, en medio del pasillo cuando comencé a reconocer formas, en concreto, mi figura de hace diez años en una foto en blanco y negro de tamaño DIN-A2 colgada en la pared. Un suspiro de alivio corrió inconscientemente por todo mi cuerpo de una extremidad a otra, solamente había sido un "susto", un pequeño resplandor sin demasiada importancia, pero que, sin o no tan sin querer, me hizo pararme a recapacitar, como de costumbre, sobre el paso del tiempo.
En el momento en que de verdad pude "abrir los ojos" me vi reflejada en aquella foto, con el pelo bastante más corto y la sonrisa más angelical si, pero "eso" había sido yo.
Fue entonces cuando la idea y yo nos chocamos de repente, y nos reconocimos de inmediato, como cuando ves a alguien por la calle y al no saber de qué te suena, te quedas el resto del camino pensando de qué conoces a esa persona. Y de repente, ZAAAAAAS!, te acuerdas de que era ese chaval de la última fila en primero de la eso, con gafas de culo de vaso y bastante calladito, con el que nunca entablaste conversación porque era "raro".
En medio de mi pasillo, y con cara de idiota, la boca abierta y clavando mis ojos en los de una niña inocente de apenas seis años, me invadió una especie de náusea en la boca del estómago, una náusea muy, pero que muy extraña.
Sin pensármelo, corrí hacia el salón, y cogí de una vez mis doce álbumes de fotos de cuando era pequeña. Buscaba algo, no sabía entonces muy bien el qué, pasaba las hojas sin demasiada atención, a velocidad de la luz: maría hablando por teléfono con 2 años, maría en su primer baño, maría en reyes del 98, el primer día de colegio de maría, maría disfrazada de girasol, maría en una representación teatral, MARÍA MARÍA MARÍA MARÍA...
Acabé con todos de una sentada en unos pocos minutos y, al terminar me sentí aun más vacía. Busqué muchos más "loquefueran": recorrí toda la casa, y encontré como otras cincuenta imágenes sólo de "maría". ¡Maldita luz cegadora! era sin duda lo que pensaba.
Me sentía completamente hueca por dentro, como si mi alma se hubiera esfumado y mis pies quedaran pegados con superglue al suelo de mi casa.
En estos casi 17 años, no había sido capaz de llenarme con otra cosa que no fuera "YO". Era superficial, materialista y tan solo me preocupaba por mi misma. Paradójicamente después de no ver nada lo vi todo de golpe, y todo se lo adebo a Edison, por su gran invento.
Desde hoy en adelante, rezaré a mi lámpara de noche antes de acostarme todos los días. Gracias a su luz, hoy soy capaz de reconocer mi arrogancia y cinismo.

domingo, 9 de enero de 2011

las gotitas de pintura son las que me roban esos "momentos"

Son los intentos de pasar el rato los que describen a la perfección mi día a día.
Es una rutina diaria, que a veces se convierte en enternecedora y fascinante, tanto que, hay puntos en los que me llega a sorprender de verdad. Puedo comenzar haciendo listas, ordenando cajones…. y acabar tumbada en la cama de un lado, creando formas y animales en mi mente con las gotas de pintura de mi pared gris. Me he reído muchas veces de lo tonta que parezco boca arriba mirando al techo, con la mandíbula totalmente relajada y sin tensión alguna en la cabeza. En ocasiones, siento como los pensamientos de mi mente vienen y van, pasan ante mis ojos y yo los elijo, como quien elige una carta para un truco de magia. Hay algunos que desecho enseguida y, sin razón alguna, vuelven a mí, una y otra vez, y hasta que no cojo ese "uno de espadas" no me deja en paz. Miro la carta con detenimiento, me siento completa y absolutamente anonadada ante ella, ese pensamiento me ha hecho recapacitar más de lo que imaginaba, más de lo que quería o deseaba, y no me gusta. Es "malo", "destructivo", y hasta podría decirse que "demoledor". Una idea insana que no merecía ningún tipo de cuidados y atenciones. Pero ya sea curiosidad o masoquismo puro y duro, ahora mismo me siento frente a él, y tenemos tal atracción el uno con el otro, que no consigo despegar los ojos de ese "as". Apenas diez minutos antes de comenzar a perder el tiempo me había hecho jurar y perjurar que era una imagen ya olvidada; sin querer, pensé que había hecho desaparecer aquel comodín , y me había concentrado muy muy mucho para aprender a jugar con una baraja de "treinta y nueve". Pero no funcionaba; masoquismo hasta el final con un toque de melancolía lacrimógena corrieron, en ese momento, por mis venas. Y fue allí, con el pantalón del pijama escocés y la raya de ojos difuminada y esparcida por todo el contorno ocular, y lo que no era ocular, cuando caí en que no podía permitirme ser tan cruel conmigo misma. Hasta ahora, me había dado tan solo "un par de días de vacaciones para reponer fuerzas", sin pensar que, tal vez, necesitaba una "baja por estrés laboral sin tiempo limitado"; y no podía pedirme más, claro que no. Todos hemos deseado alguna vez borrar situaciones o recuerdos en algún rincón escondido de nuestra mente, de lo que no nos damos cuenta es de que, quizás, algunos necesitan más tiempo que otros, y no disponemos de una súper goma de borrar "milan" que no deje marca del escrito y tarde tan solo unos segundos.
Ese mediodía habitual, de monotonía constante, se convirtió, como por arte de magia, en un momento enternecedor y fascinante. Aquel instante, destapó, sin demasiado esfuerzo, la venda que tenía incrustada en los ojos y que hacía, jugara a la perfección a la gallinita ciega. Me hicieron comprender con total sinceridad la validez del tiempo que, sin causa alguna, los humanos poseemos e intentamos controlar y moldear, como si fuera plastilina. Sabía que era el momento perfecto, y recordé que siempre estamos rodeados de "momentos idóneos para hacer cosas". Podía, pues, tomarlo como de costumbre y creerme fuerte y valiente ante una circunstancia ante la que no me sentía para nada preparada, y podía, también, aceptar que aun no lo tenía superado. ¿Qué ganaría: el autoconvencimiento de mi supuesta fuerza moral, o el reconocimiento de la caída por el acantilado?
Quedaría perfectamente bien si ahora mismo os dijera que, cavilando alternativas, opté por levantarme de un brinco de la cama y gritarle a mi lámina de The Beatles que acababa de superar todo, y hacer referencia a ese dicho de "pasar página".
Aquella mañana de domingo nueve de enero, con una torre de cosas que hacer para el día siguiente sin empezar, y un empire state de "soluciones" y caminos que podía tomar, elegí, seguro, la opción menos acertada: me giré, quedando frente a mi pared de "burbujas de pintura gris" y comencé a encontrar "tortugas con pamelas" y "botas haciendo el pino". 

Mi vida estaba llena de momentos perfectos, así que, ya lo tomaría cuando fuera necesario; ¿y hasta entonces? me esperaban miles de tardes, mañanas y noches enteras de pasar el rato de una forma " muy peculiar".

miércoles, 5 de enero de 2011

fragmentos de un todo, cachitos de puzle, piezas de vida.

Llegan luces a nuestros ojos, colores que nos deslumbran, emociones que nos ciegan y alegrías que, apurándolas al máximo, nos hacen vivir. Porque contamos los minutos, los vemos correr, y, a veces, hasta ir hacia atrás. Apuramos al máximo la taza de café, al fin y al cabo, nos ha costado un euro cincuenta, y nos gusta eso de tomarnos la última gota, el último bombón de la caja de nestlé, el posible día final, o el primero, quién sabe. A fecha de frío, nos sentimos bien a la luz del amanecer en un parque inundado de invierno, sin apenas inquietudes, con la mente en color “neutro” y la nariz “fresa ácida”, porque si, somos predecibles, predecibles pero, aun así, auténticamente fascinantes, las hojas caídas del almendro el uno de enero, desnudo y frío, con ese toque atractivo que hace corramos a abrazar sus ramas. Sabemos que cada fin de año nos lo encontraremos así pero, sin embargo, nos hace desprender una sonrisa de asombro y un pensamiento de alegría cada vez que lo vemos, como si fuera la primera vez.
Hoy, a día 5 de enero de 2011, me siento, por primera vez, a estrecharle la mano al invierno, y descubro que, en efecto, tiene su pequeño encanto. Por supuesto que no estoy dando de lado a mi mejor amigo; la lluvia y el color marrón han sido siempre mi debilidad, pero, ¿por qué he de ceñirme a un solo aroma? Me gusta el chocolate y la vainilla, los pepinillos y los muffins de arándanos, el olor de la lluvia y el del pan reciente, el chirriar de una llave cortando un cristal y el sonido del mar. Me gustan si, las mezclas.
Hay algunas, como el jamón con melón o los brownies con helado de vainilla que nos dejan aquel sabor exquisito, con ganas de más y más. Una caricia para el paladar totalmente irresistible.
Otras, en cambio, ya sea la combinación rosa- rojo o un pastel con zanahorias y anchoas, nos producen una pequeña contracción en la boca del estómago nada agradable. Esa arcada inexplicable e instintiva que se nos escapa a todos cuando se nos presenta en la mesa un gran plato de “sesos de cerdo” o contemplamos la combinación chándal-tacón.
Aunque, no todo el mundo sabe “aliñar” la ensalada a la perfección. ¿cómo preparar la mezcla perfecta? Podemos comenzar probando ingredientes, en pequeñas dosis, repito: PEQUEÑAS dosis. Así, si notas que el asado está demasiado sabroso, “águalo” un poco y si es al revés, que carece de condimento, con un poquitín de sal y alguna especia que otra bastará. Claro que ninguno de notros somos cocineros profesionales, preferimos que nos den el plato ya “preparado”, que nos lo sirvan en la mesa, y solo entonces comenzar a disfrutar de “ese cordero asado”.
A estas alturas sería prácticamente imposible cambiar la mentalidad humana, sustituir el “dámelo hecho y si no me gusta me quejo” por un “yo mismo me preparo mi comida y si sale mal lo asumo o me tomo otra cosa”.
Y si es cierto que no podemos cambiar, ¿qué os recomiendo?
Que viváis, comáis, y respiréis este fragmento de vida al máximo, ya que, nunca se sabe si el entrecot que has pedido va a estar o no a tu gusto.
Y mientras tanto, permanezcamos sentados en la tumbona, con los ojos cerrados, frente a nuestro querido árbol, mientras se va desnudando con movimientos sensuales hasta quedar completamente desnudo y, solo entonces, mirar hacia abajo y ver todas sus ropas en el suelo, ha llegado el invierno amigos, es más, se ha ido y ni siquiera nos hemos dado cuenta.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Navidad, ¿quién lo dice?

Tengo que daros una noticia, una noticia muy pero que muy importante: chicos, estaba equivocada.
Podéis empezar a borrar todas aquellas ideas tan difusas que os contaba hace semanas: el frío llega, y ¡vamos que si llega! Corre, vuela y navega sobre nosotros sin darnos tiempo a “abrirle la puerta en condiciones”, se filtra en nuestras manos, pies, orejas y narices y, para cuando nos queremos dar cuenta, no hay marcha atrás: tan solo unas marcas rojas como cicatrices en las próximas dos horas, si, pero una sensación de malestar que no te lo quitan ni veinte radiadores juntos.
Sé que os gusta el invierno: es blanco, liberal, luminoso y a la vez siniestro. Tiene ese “no sé qué” especial que nos engancha a  todos: las luces, la nieve, el frío y el no frío, la ilusión y esperanza, el creerte mejor y los catálogos de juguetes del “corte inglés”.
Es atractivo, nos atrapa con una bufanda de “cachemir” y al estar tan cómodos entre fleco y fleco no nos planteamos el salir fuera a “coger frío”.
¿y qué me decís de la iluminación característica de esta época del año?
mi amiga Lidia, por ejemplo, piensa que son especialmente repetitivas, que podrían cambiarlas de año en año para que las luces no resultaran tan evidentes. Otros vienen específicamente a Madrid a contemplar ese gran”espectáculo de colores”. Hay a quien les parecen cutres y otros, directamente, no opinan. Pero TODOS están de acuerdo en que, a día 24 de diciembre, el pasear por la calle carretas dirección puerta del sol, con un montón de bolsas en la mano de regalos, contemplando “papá noeles” de todos los colores y niños gritando y gente empujando, a las siete de la tarde, hace que una sonrisa se te pegue en la cara, y sin saber cómo se te mete dentro, convirtiendo toda ese agobio y mal humor en FELICIDAD, sí, en sincera felicidad.
¿y qué hay de mí? Pues os diré que tengo el árbol de navidad guardado en el trastero, y las figuritas del belén en cajas y cajas, todos los adornos y luces en el mueble de la entrada y ni siquiera me he molestado en poner el muérdago en mi habitación o una figura de “feliz navidad” en la puerta de mi casa. Y ¿por qué? Pues muy sencillo amigos: invierno tras invierno nos ilusionamos, convertimos toda esa frustración de exámenes en emoción navideña: cantamos villancicos hasta quedarnos afónicos, tenemos la muletilla de “feliz año” siempre en la boca, y nos pasamos cocinando y comiendo turrón y otros dulces. Y, ¿para qué? Para que alrededor de cada día diez de enero miremos hacia abajo y tan sólo veamos un montón de bolas del árbol rotas en el suelo y una barriga tan grande que no podemos llegar a contemplarnos los pies desde arriba. Nuestra época favorita del año ha pasado, se ha esfumado junto con la nieve y nos ha dejado “un regalito sin gracia”. Llamadme pesimista chicos, eso sí: vosotros disfrutad de la navidad. Comed, reíd, cantad y jugad, pero pensad, también que, dentro de diez o quince días, cuando comencéis a correr por el parque para superar la “operación polvorón” yo estaré en casa tranquilamente, escribiendo, escribiendo sobre... la primavera.

sábado, 18 de diciembre de 2010

new/s

El tiempo corre por  mi cuerpo: sale, viene y se va; se da un par de paseos y resulta que se da cuenta de que se ha cansado de salir a la calle, así que vuelve, tranquilo sereno y con la mirada firme, me dirige una sonrisa y me declara que está decidido a quedarse de por vida aquí dentro. Entonces le miro, y me río, no se me ocurre otra cosa que soltarle una gran carcajada. Con una risa larga larga, y completante falsa, tal que así: JAJAJAJAJAJAJJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
El querido reloj arquea una ceja y me dirige, de nuevo, un entreabierto de comisuras, y entonces se la respondo.
Es ahora, cuando puedo percibir suavemente la simplicidad de las cosas, con esa facilidad con la que vienen y van, como los días y las horas y los minutos y la vida. Y lo peor de todo es, que no podemos reprocharles aún nada de nada,  tan solo comenzar a tomarnos a bien todas sus “bromas” de mal gusto:
 Sé que uno de estos días, no dentro de mucho, aprenderé a reír, reír de verdad por cualquier cosa, reír por cosas sin gracia y tirarme por los suelos en aquellas que si la tengan. Un día, dentro de muy muy poco me miraré en el espejo y tan sólo veré a una maría, una maría más divertida y alegre, una maría que no recapacita sobre la vida y no se cree masoquista, quiero pensar en una maría mejor.
Cuando llevas doce días levantándote a las 4:48 de la mañana, sin explicación alguna  y no eres capaz de dormir, es normal que pases esas dos horas y media de “intento de vuelta al inconsciente” dándole vueltas a algo. A mi me vinieron más ideas ciertas juntas que en toda mi vida,  por eso llegué a la conclusión de que había encontrado al fin mi hora, en realidad serían como las 10:48 hora Nueva York.  Esto me hace pensar que puede que mi corazón esté aun allí y mi cabeza no quiera darse cuenta del hecho de que lleva casi cinco meses actuando tan sólo serenamente, pero sí,  claro que lo echo de menos: esos riquísimos desayunos a las 2 y media de la tarde, y el sentirme importante caminando por wall street, con un ID falso en las noches por el soho o tocando “pitos” en un bar de jazz de harlem. Creerme carrie bradsow en “sex and the city” por la 5th avenue con un corwin que traía el coche para llevarnos a nosotras y nuestras bolsas, y los picknicks ¡oh si! Y esa melodía especial que tiene central park y los fuegos artificiales, y las luces de la noche desde el brooklyn bridge y la emoción de coger “la bola” en el partido de los jankees. Eso era risa pura amigos, risa pura y vida eterna de un mes,  y  por supuesto que quiero recuperarla.
Dentro de unos 210 días volveré a ese éxtasis de la felicidad, en poco más de medio año podré tirarme por los suelos de la diversión y caminar hacia  casa con una sonrisa muy tonta en la cara. Para este verano regresaré a mi mundo eterno si, pero  resultaba que igual no podía esperar tanto.
En la noche número 11, cerca ya de las siete de la mañana, fuera por la luz, fuera por la fiebre o por el sonido del clínex rozando mis fosas nasales, comprendí que no debía esperar al encuentro con “mi dulce nueva york” porque  mi alegría ya estaba en Madrid, aunque ella aun no lo sabía: había tardado cinco meses en atravesar el Atlántico y en situarse justo en frente de mí, de un momento a otro cruzaríamos, ella y yo, nuestras miradas, penetraría en mí, y recuperaría, al fin, esa alma que creía ya perdida.
 Estaba. Sabía que estaba en pie, había vuelto a mis brazos, o más bien, yo me había lanzado sobre los suyos, la felicidad y yo volveríamos a ser como uno.
Quería ser optimista ese amanecer de jueves, al fin y al cabo, se trata de la nueva maría de quien hablamos.

sábado, 11 de diciembre de 2010

dede luego que es un "BIG"

Una vez hemos amurallado, encadenado y atado nuestro presente y posible futuro al material más resistente que tengamos entre manos, solo nos cabe apoyarnos en un banco, y pensar: Allí quedémonos indefinidamente.
Cuando te sientas a esperar a algo o a alguien, debes dedicarle unos minutos a recapacitar, porque, amigo, todos tus actos, llevarán algo consigo. Hace unas semanas, alguien que me importa muchísimo me dijo que, cualquier acción (animal o vegetal) provoca una respuesta y que, una vez estés tirándote de cabeza a la piscina, no hay marcha atrás, por mucho movimiento que hagas, es prácticamente imposible retroceder hasta el trampolín.
Es el salto que tú decides y el cómo lo hagas lo que te dará más o menos puntos en la competición, pero debes realizarlo, más o menos bien, para quitarte de una vez el miedo a las alturas ya que, lo peor que te puede pasar es perder. Y si ganas, mantén la cabeza atenta, y procura que no te entre demasiado agua a los oídos porque, la espera del banco trae muchas pero que muchas sorpresas y, por el contrario, si resulta que caes mal, te rompes la médula y te estás ahogando, siempre viene bien tener un salvavidas cerca, o, mejor aun: un socorrista cachas que te saque pitando antes de que te entre demasiado “agua” y mueras.
Nos suele pasar que el ego nos entra pitando en la cabeza, nos creamos nuestro propio universo con un super big-bang que creemos eterno, esa felicidad se expande, hasta la podemos llegar a creer infinita (big chill), el problema llega cuando “la materia y la energía” son suficientes para frenar ese movimiento de expansión, y es entonces cuando, se origina el proceso contrario: big crunch (la gran contracción), ahí ya si que se nos complica la cosa, ¿no creéis? Eh, pero yo bien que os había advertido chicos, debíais haber buscado mejores materiales para la (vuestra) pared indestructible. Los ladrillos se caen, y podéis ver minuciosamente como muere, piedra a piedra, ese bonito universo.Y nos abrazamos a los recuerdos, como si fueran a reconstruir la muralla y a hacer que ganemos de nuevo la competición. Pero no, no lo hacen. Y SÉ que os va a dar completamente igual que dedique tablones y tablones a deciros que las esperanzas son de pardillos, que os hagáis múltiples caminos y os creéis más de mil historias unidas por puentes (del material más caro, os lo pago yo), para que podáis pasar fácilmente de una a otra. Pero, como creyente de la vida que soy, es mi obligación.
Antes de caer mal, ya estamos viendo las consecuencias de nuestro golpe, ya nos vemos hundidos en el fondo de la piscina y con la respiración a mil por intentar “salir a flote” y, a pesar de ello, como ya he dicho, no podemos volver a intentarlo para mejorar la marca o, aunque sea, amortiguar el golpetazo. Con un cojín de fondo sería más asequible y, con unas pocas horas más e entrenamiento, mejoraríamos nuestra destreza con creces.
Una vez en el fondo, y casi sin sentido, cambiamos nuestra visión de ese universo en expansión: ya no es big bang, tampoco creemos demasiado en el “crunch”: los huesos rotos y la moral por los suelos, eso tenía más fuerza destructiva que nada, aquello tenía que ser un “big rift”.
Y yo también me equivoco y gano y lloro de la risa y río del dolor, pero es así amigos: lancémonos, de “bomba” a la piscina, que sabemos todos y, los que no estéis seguros, llevad protección.

sábado, 4 de diciembre de 2010

no vuelvo a caer: el siguiente es blanco.

Como un día más, hoy me dirijo a ti, querido ordenador:
Me apoyo en el dulce tacto de tus teclas, frente a tu pantalla, brillante, fija e imponente, con una suave música de fondo, más familiar, aun, que mi propio nombre.
Hoy mismo, a día 4 de diciembre, te susurro al micrófono, y te guiño un ojo con la “web cam”, preparo mi cita durante horas y horas, me pinto y maquillo, vierto todo mi mejor perfume sobre mi cuerpo frío, preparo una gran gran lista con posibles temas de conversación (los que ya me conocéis sabéis de sobra como son esas listas mías), y hasta he ensayado frente al espejo antes de ponerme a dialogar contigo.
Es entonces cuando me siento preparada para el gran discurso que en unos segundos comenzaré. Y entonces empieza: con un “hola qué tal” al que tu no respondes. Prosigo con una rápida “¿?”, con intención de llamar tu atención, pero nada.
Me empiezo a poner nerviosa, después de tanto tiempo, como mi aliado, mi amigo, mi mano derecha en todo momento, ¿me dejas de lado?, pero la pregunta más acertada sería, ¿por qué o quién?, ¿qué? ¿has encontrado unas manos más suaves o una voz más sensual, o una imaginación mucho menos liante que te cuente cosas más sencillas y entretenidas? No tienes ni que que decirme que No soy graciosa, eso ya lo sé, nuca he sabido contar chistes y lo tengo más que asumido. Si no recuerdo mal, el último que conté se llamaba “qué explosión”, y en lugar de eso, lo que provocó fue un gran silencio y un cri-cri de fondo, junto con tres o cuatro caras sonriendo esperando a que “llegara la gracia”.
Supongo que la pregunta es demasiado fácil de responder para una mente tan compleja como la tuya. ¡ pero mira que eres listo!
A continuación comienzan los sudores, el carraspeo de garganta, la palidez y el intentar pensar en otra cosa mientras miro a la pantalla cada “tantos segundos” por si acaso me has contestado: igual te lo has pensado mejor y has decidido volver a hacerme caso.
Pero NO. “bueno, qué más da, ¿Quién necesita un compañero de hace ya 7 años, con las teclas medio salidas y que se “reinicia” cada dos por tres por “problemas técnicos”? Pero, inconscientemente me atisba un leve sentimiento de melancolía, quiero pensar que es leve, ¿enserio te has estropeado para…siempre? Y voy a dar especial importancia a esa última palabra, ya que yo, no la llego a analizar en su totalidad: SIEMPRE: Para toda la eternidad, la vida y no vida, el resto de toda la existencia y la ya nada, ¿puedes imaginártelo? no sé a vosotros, pero a mi se me hace tan pero que tan tan grande.
Aunque no, no me cambies de tema pillín, me has dejado de lado portátil toshiba, ¡con la de cosas que he hecho yo por ti!:
te he comprado numerosas fundas, para que no pillaras un constipado, te acariciaba casi todos los días y te daba mimos, y para colmo, cuando estabas resfriado te llevaba a tu médico, ¡y así que me lo agradeces!, está bien saber que ya no se puede confiar ti.
Sé que no me vas a responder, que no me volverás a aclarar nada y que, desde hace como unos tres años (cuando caducó tu garantía) te has despreocupado totalmente de mi. Así que, tranquilo, te olvidaré, pero ¡eh! ya sabes lo que te espera ¿no? Vas a pasar a la caja de cartón de donde viniste de aquí a un mes, advertido quedas: Para reyes me pediré un MAC.

sábado, 27 de noviembre de 2010

pero por favor, que esté helado.

Puede que sea ese cielo púrpura al atardecer, o aquel parque del retiro inundado de hojas anaranjadas por los suelos. Puede que sea el chocolate calentito con nubes y el llevar bufanda, gorro y guantes, pero, en cualquier caso, con manos frías o sin ellas, el calor de mi cuerpo sale, correteando por un campo de amapolas, a velocidades inimaginables.
Después de dieciséis primaveras (y media), empiezo a valorar el verdadero sentido del otoño. Hace apenas un par de años lo odiaba con todo mi ser: no tiene el buen tiempo del verano, ni la nieve del invierno y encima ¡llueve y hace frío! Fue antes de ayer cuando mi nariz se acostumbró al aroma de “tierra mojada” y no se lo quita de la mente,  como cuando canté con ángela “you are my sunshine” en ampliación de inglés y mareaba a todo el mundo las siguientes dos semanas en clase diciéndoles “you make me happy when skies are grey” y mis compañeros querían mandar el “you’ll never know dear how much I love you” conmigo a la basura de una patada.
Últimamente me encuentro bastante preocupada, veréis: creo que he perdido “esa chispa” especial que tenía, o creía tener en momentos de melancolía, cuando me sentaba, aquellas tardes frías y húmedas, frente a un teclado, una hoja y papel o una foto, esperando a que me llegara  la inspiración, así de repente, como por arte de magia, y podía plasmar, con palabras, de la mejor forma posible, nuestras inquietudes, disfrazándolas, siempre, con metáforas (o intentos), para que resultaran irreconocibles.
Últimamente me cuesta más allá de sudor y lágrimas (literalmente hablando) concentrarme en algo “triste” de que hablar. Y será por aquello de que no se escribir y que siempre que lo hago es de lo mismo por lo que estoy así de atrancada. ¿nunca os ha pasado eso de que tenéis tantas cosas en mente, tantas que decir, que se os es imposible reunirlo todo en unas pocas líneas? Yo, he llegado a tal punto de desesperación que tengo una lista de temas que se me van ocurriendo, siempre en el bolso, para no perder cualquier resquicio de imaginación que me venga en cualquier momento , y otra lista, aun más larga, de ideas en mi cabeza entremezcladas entre sí, unas con otras sin llegar a ningún acuerdo mutuo. Se llaman, se reconocen y, hasta pueden entablar una conversación entre ellas, pero nunca se acabarán poniendo de acuerdo.
Por eso es ahora, cuando siento cualquier mínima inspiración, saco mi libreta, y comienzo por temas, este será el orden: big-bang, boomerang, el chirriar de la tiza y el “crash” que suena cuando pisas y rompes un charco de hielo y otros más que se me irán ocurriendo.
Y todo este rollo del olor del otoño y de las ideas os lo intento mezclar, para llevaros a mi mente por un minuto: un pinar de castilla en días de otoño, con ese olor a “tierra mojada” que tanto me gusta y un poco de cielo azul con “nata”. Me siento en el suelo del pinar, y me mancho entera de barro, fíjate que no me importa lo más mínimo, y entonces miro a mi alrededor, aspiro ese día muy  muy profundamente, y descubro que, en efecto, es ahí donde me siento realmente feliz.  Después de todo este tiempo, acabo de descubrir que SOLO necesitaba  “eso”: un frío día, pero frío frío de verdad de, sin duda, desde ahora, mi estación favorita del año: el otoño.

jueves, 25 de noviembre de 2010

dicen que los hexágonos son mejores

Vamos a hablar de triángulos: aquellas figuras geométricas que estudiamos desde los siete años. Todos los conocemos, casi tan bien como sumar y restar. Un triángulo es un polígono determinado por tres rectas que se cortan dos a dos en tres puntos. Sabemos, también de sobra, que hay tres tipos, dependiendo de los lados: equilátero, isósceles y escaleno, los podemos clasificar, nuevamente, por sus ángulos: rectángulo, obtusángulo y acutángulo. Y con toda esta teoría podemos obtener una cantidad limitada de datos.
Hace apenas unos días me vi inmersa en una de estas figuras, estoy casi segura de que era equilátero. Tenía tres puntos, redondos, esféricos perfectos de madera, que coincidían con los vértices, y yo me encontraba en su ortocentro, puede que suene egocéntrico pero, es que en ese instante mi mente movía el triángulo, o, para ser más explícitos, los tres puntitos giraban alrededor de mi, a velocidades inimaginables .
Poco a poco los puntos se iban acercando, lenta lenta lentamente, pero continuada. El espacio en el que me encontraba era cada vez más y más apretado, hasta que tras un eterno segundo, mirara para donde mirara, encontraba una cara familiar cada 120 grados, ¿casualidad? Que va, y no me lo podía creer.
Comencé a dar vueltas y vueltas sobre mi misma, como si estuviera jugando al “pinto pinto colorito”, pero con figuras, claro, solo hablo de figuras, no hay ningún sentimiento de por medio, tan sólo quiero hablar de figuras geométricas ¡porque me encantan las mates!
Supongo que intentaba relajarme y poder eliminar un vértice, el menos especial, el menos “importante”, del que tuviera menos necesidad y no simbolizara (ya) nada para mí. Pero entonces me vi sentada en aquel pupitre de tercero de primaria, en un ¿control? (Creo recordar que se llamaban así por aquel entonces), en primera fila, con el uniforme verde y un boli de “ la barbie” en la mano. La última pregunta del ejercicio-examen: ¿qué distingue a un triángulo equilátero de todos los demás?
Fue ahí cuando caí, honda y profundamente en el quit de la cuestion, solo por una décima de segundo, la necesaria:
No podía deshacerme de ninguno de los vértices, y menos así, sin más, ¿prefería, pues, deshacer mi bonito triángulo en un DINA-3, conmigo dentro, y cambiarlo por... una recta y unos ojos verdes furulando por la cartulina? O, incluso, ¿quitar, también, el otro vértice (ya extremo de segmento) y quedarme con dos puntos(uno sería.. ¿yo?) distantes entre sí sin ningún tipo de intersección entre ellos? La pregunta más bien era ¿seguía siendo el centro? ¿el centro de qué? ¿y si ya no había centro? ¿había desaparecido de la cartulina sin decir siquiera adiós? Si era así, ¿merecía la pena? O mejor dicho, ¿podía esperar a que el “yo ortocentro” y el antiguo vértice “ganador” tuvieran algún tipo de unión en un futuro?
Demasiadas preguntas surgieron aquella tarde nublada, y ninguna respuesta, por lo que, decidí, pasar definitivamente de triángulos y cambiarme a otra cosa, puede que me entienda mejor con otras figuras.

lunes, 8 de noviembre de 2010

fumando los minutos.

Los días son como bombas, bombas nucleares inesperadas, sabes que cualquier día te explota en las narices y tu sin darte cuenta, o, en el mejor de los casos, cuando las conocemos de antes y se nos presentan en el peor momento, ninguna de nuestras salidas perfectamente estudiadas y planificadas nos resulta, y acabamos sangrando y desperdigados todos por los suelos.
Puede que esto os suene demasiado macabro, igual debería “cortarme” un poco, para no asustar a las masas de pasividad , pero qué puedo deciros, nunca llegaremos a conocer con total certeza el futuro, ni la siguiente palabra de una película que hayamos visto lo menos mil veces, ni el instante que viene a continuación, es más, siempre esperaremos que no se ahogue Leonardo Dicaprio y lloraremos cuando suena la última canción y tira el collar al mar. Y es aquí donde quería detenerme.
¿Sabéis? El otro día estaba en clase de filosofía, algo adormilada a decir verdad, tenía que ver sobre todo porque era de las primeras horas y la noche anterior me había acostado a las tantas, ya sabéis, mi vicio de las teclas y mm’s de postre. De repente sin saber porqué se nos planteó un debate, algo que nunca antes me había parado a pensar. Me llamaréis tonta, seguro, es algo tan pero que tan obvio, ante lo que nunca antes había recapacitado, pero que, sin embargo, llamó mi atención de una forma especial : nunca volveremos a vivir cada instante. Y cuando digo esto me refiero a que no volveré a escribir la palabra “palabra” en este mismo momento, al igual que no volveré a sentarme en pijama con el ordenador sobre las piernas y los pies fríos ASÍ nunca más. Y lo dicho hasta ahora y lo vivido y lo sentido y lo explorado y amado, nunca más igual.
Por eso hablo de las bombas, de las bombas nucleares destructoras, las que por mucho que imagines no te esperas. No sé si habéis visto alguna vez en la tele aquellas explosiones de dibujos animados que tenían una especie de cuerda, que se iba consumiendo poco a poco hasta que desaparecía y entonces aparecían los típicos bocadillos de “boooooom” y “baaaaaaaaang” junto con un montón de sonidos fuertes, muchos colores por pantalla y el coyote volando por los aires.
Pues bien, así me sentí yo cuando me contaron que no volvería a vivir una clase de filosofía igual a esa.
Pero dándole más vueltas podemos, junto con todo, sacar un lado positivo de esta vida irrevibible ¿no? ¿nunca os habéis sentido tan pero que tan mal que os han dado ganas de tirar la mesa, saltar hacia el techo y partiros la crisma? Pues podemos pensar que no lo volveremos a pasar, o al menos no de esa manera. ¿será pues, la vida, una serie de acontecimientos, catastróficos, inmejorables e irreversibles que nos lleven a realizarnos? ¿ y cómo llegar hasta el final de la cuerda sin habernos destruido antes?